La mente absorbente – Capítulo 18

Como ya os dije en el post introductorio de esta serie, voy a ir contándoos, capítulo a capítulo, la obra de “La mente absorbente” de Maria Montessori. Así que este es el capítulo número 18. Os invito a leer conmigo y hacer de esto un club de lectura donde podamos compartir lo que nos vaya pareciendo.

En este capítulo María Montessori da una nueva visión de la educación y explica que la visión que se tiene de cómo debe ser el entorno y el profesorado está equivocada.

El problema con la educación no es falta de recursos y por lo tanto de materiales, sino que es más la falta de conocimiento de las características reales del niño. Lo que se necesita es liberar al niño, no más recursos. Y es una libertad que no vamos a entender a no ser que la experimentemos.

De hecho, el niño que vive más cercano a la naturaleza es más probable que revele su potencial que el niño que vive en condiciones de más opulencia y por lo tanto más artificiales. No por esto hay que imponer la pobreza, pero no nos debe dar miedo, ya que es la condición más favorable para el desarrollo espiritual si se acepta. Si queremos experimentar dándole libertad al niño, hacerlo desde la pobreza es la mejor manera.

La concentración es básica porque significa absorber intensamente el entorno, objeto a objeto, explorando cada uno de ellos. Un niño debe ser libre para explorar y seguir las poderosas guías naturales que hay en él. Estas guías le llevan al niño a buscar la exactitud, la precisión y conseguir todo lo que se propone.

Muchas veces lo que el profesorado quiere es que los alumnos estén atentos y concentrados en lo que hacen para que puedan repetir exactamente cualquier instrucción que se les de y que hagan todo hasta completar la tarea. Éste es el comportamiento natural del niño cuando está en un entorno natural. Si le damos libertad y no hay interrupciones por parte del profesor, el alumno completa el trabajo con concentración. Si el niño está interesado en lo que hace, sigue y sigue y sigue. No se cansa. Sin embargo si cada cierto tiempo el profesor le hace cambiar o «descansar» entonces les cansamos.

Otro de los errores es que la lógica humana dice que debemos separar las actividades físicas de las mentales y así es como se plantea en la educación tradicional. Para el trabajo mental debemos estar inmóviles en un aula y para el trabajo físico las facultades mentales no son necesarias. Sin embargo el niño no puede pensar sin sus manos ya que son el instrumento de la inteligencia. De hecho en el periodo de los tres a los seis años, ha sido descubierto que el movimiento y la mente van juntas.

Ya hemos hablado previamente del hecho de que el niño posee la mente absorbente y que absorbe el entorno al completo sin cansarse, por lo que no debería sorprendernos que la cultura, si se prepara y presenta correctamente, se puede absorber también con facilidad. La única cosa necesaria es tener material científicamente exacto que pueda ser manipulado por los niños. Una vez que tenemos eso podemos enseñarle muchas cosas al niño de tres a seis años. Las personas que se dedican a los niños en esta edad tienen que servir las necesidades psíquicas del niño.

Cuando estamos a cargo de niños de esta edad podemos decir casi que tenemos el poder de la vida social. Primero porque vemos de primera mano la transformación del niño y segundo porque podemos descubrir que el niño es capaz de hacer muchas más cosas de las que inicialmente pensábamos y esto hace que el adulto se maraville ante el potencial del niño, lo que lleva a conseguir la transformación y la educación del resto de adultos con respecto al niño.

Por lo tanto para la educación de los niños todo lo necesario son adultos, simplemente, que tengan buena voluntad, ya que lo que se debe tener en mente no son lo difíciles que son las teorías entorno a la educación sino la visión del primer experimento antes de que estas teorías se desarrollaran.

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